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sábado, 29 de enero de 2022

La Odisea de una Silla

Sobre el martes fue, sobre el martes,

cuando la silla llegó… (“Romance del Sinelo” -fragmento-)

En realidad llegó el lunes 17, pero ya sabéis cómo son estas cosas: cuando menos te esperas que llegue el paquete, va y llega; y sí, en realidad sabía que llegaría ese día, pero para una hora y cuarto que estuvimos ausentes… ¡una y cuarto! Ya es puntería. Total, que quedé con el repartidor en que me la trajera el martes.

Nada más empezar observé que la caja tenía algún agujero, y además la tapa no estaba bien cerrada; aunque esto último no parecía justificar la pérdida de ningún componente, de modo que decidí confiar en que dentro tendría todo lo necesario.

El mismo día antes de que empezara “Julia en la Onda” desembalé todas las piezas, miré las instrucciones y me puse a hacer inventario. Según el texto indicaba, debería haber que ocho tornillos preinstalados, cuatro en el asiento y cuatro en el respaldo, pero por más vueltas que les daba no los veía por ninguna parte. Había unos agujeros, pero los tornillos, ni fuera ni dentro. De todas formas traté de ser positivo y empecé a montar todas las piezas; hasta fui capaz, con mi destornillador automático, de apretar los tornillos de la placa que va fijada bajo el asiento, pero en cuanto llegué a los últimos tornillos para fijar los brazos, nada, ni rastro. Lo que me costó un huevo fue montar las ruedas en su soporte. No parecían entrar a presión, y aunque el extremo del vástago tenía una especie de rosca, tampoco parecían entrar a rosca, de modo que las colocaba cada una en un hueco, pero quedaban tan sueltas que al darle la vuelta al soporte las ruedas se salían. Todas. Probé a echarle pegamento Imedio a los huecos donde había que insertarlas, pero aparte de llenar el suelo y hasta el edredón (a falta de otra superficie cómoda la estaba montando sobre mi cama), además de mis dedos, obviamente, no logré ningún efecto significativo.

De modo que con todo mi pesar, desánimo y cansancio fui desmontando todo, no sin trabajo en parte porque estaba todo muy bien encajado y en parte porque yo no terminaba de encajar mi sensación de derrota. Busqué una escobilla de esas finas para limpiar cosas estrechas que sabía que estaba por algún sitio, y con eso procuré limpiar un poco los restos más visibles de pegamento. Reparé el cierre de la tapa añadiendo cinta de envalar, y rellené en la web los datos para preparar la devolución.

Al día siguiente, miércoles, debería haber llevado a Correos el paquetorro, que pesaba como un muerto, pero aún me quedaba cubrir los dos agujeros y hacer una asas con la propia cinta de envalar para poder trasladarla más fácilmente, y no tenía ganas de hacer nada, de modo que decidí dejar la cosa para el día siguiente.

Entonces recibí una llamada desde Barcelona de una señora muy amable que se interesó por los motivos por los que deseaba devolver la silla. Me dijo que sería mejor para todos que comprara yo mismo los tornillos que faltaban y que le enviase la factura.

Aquella solución, que ni se me había pasado por la cabeza, me dio ánimos. No recuerdo si esa misma tarde o al día siguiente, el jueves, me acerqué una ferretería para comprar los tornillos. Llevaba las instrucciones para que el dependiente viera de qué tamaño los necesitaba. De modo que compré los tornillos, metalizados, como suelen ser, aunque los de la silla eran negros, pero me daba (aunque odie esta expresión) con un canto en los dientes; al menos tenía los tornillos que faltaban. De camino pasé por un chino para comprar un juego de llaves Allen, o como se llamen, de esas que se usan para los tornillos de cabeza hueca (o como se llamen).

De nuevo me puse a montar la silla, pero antes decidí probar los tornillos porque los que me habían dado me parecían demasiado grandes para los agujeros donde se suponía que debían ir insertados. Efectivamente, no había manera de hacerlos entrar. De modo esta vez llevé el asiento a la ferretería para que el empleado pudiera medir los tornillos in situ, o in el asientu, por así decirlo. El chico hizo algunas pruebas ante mí, se llevó el asiento y un tornillo al interior del establecimiento, oculto detrás de enormes estanterías, y apareció con un tornillo medio insertado; llevaba en la mano otro tornillo de similares medidas pero de color negro, y le pregunté si no tenía más como ese y me dijo que no. Así que recogí mis tornillos metalizados, dejando el negro sobre el mostrador, y salí de allí con la sensación de ser el rey de los torpes.

Había caminado pocos metros cuando oí unas voces a mi espalda. Era el empleado, llamándome; me entregó el tornillo negro diciendo que “igual me haría falta”. A mí me emocionó su generosidad: encima que le había molestado por una tontería, encima, ¡me regala un tornillo! Me fui más ancho que de costumbre. Ya en el piso me puse a montar de nuevo toda la silla. Esta vez para las ruedas, como había exprimido hasta la última gota del ya de por sí maltrecho tubo de Imedio, esta vez usé otro y lo apliqué con mucho más cuidado. Tampoco hizo mucho efecto, salvo en dos de las ruedas. Dos de cinco era un suspenso en toda regla. De modo que traté de montar el resto de la silla, pero cuando llegué a los tornillos, de nuevo fui incapaz de colocarlos. Sólo en una posición entraban, pero en las demás tropezaban con algo.

Harto y desilusionado me acosté pensando alternativas para el día siguiente. Por ejemplo, para fijar las sillas pensaba usar un tubo de masilla que había comprado (para hacer una reparación que luego tampoco fue necesaria) y, en el peor de los casos, prescindir de las ruedas; total, con tener un asiento a la altura adecuada ya me bastaba.

Aquella noche hice algo de lo que me avergüenzo profundamente, pero estaba tan desesperado que… en fin, sé que sabréis perdonarme: en la cama, consulté un tutorial en YouTube. Lo primero que hizo el tío del vídeo fue colocar las ruedas: las presionó con fuerza y encajaron a la perfección. ¡Claro, cómo no se me había ocurrido! Me dormí ilusionado, esperando ver en el resto del vídeo al día siguiente la solución a todos mis problemas con aquella silla. De modo que el viernes me levanté y después de desayunar lo primero que hice fue visualizar aquel vídeo completo, pero aparte de las ruedas no me resolvió más que una pequeña duda sobre la fijación del sistema de ajuste de altura al tronco de la silla.

Intenté hacer como en el vídeo, apretar las ruedas con fuerza contra el hueco, pero siempre he cultivado la inteligencia mucho más que la fuerza, de modo que no había manera. Además, os recuerdo que esta vez el pegamento sí que había funcionado con dos de las ruedas, por lo que no iban ni para afuera ni para adentro. Rebusqué entre las herramientas un martillo, y así sí, a base de golpear el lado opuesto a las ruedas conseguí que entraran todas, ¡incluso aquellas a las que el pegamento había atascado!

En cuanto a los tornillos, viendo que no había manera de hacerlos entrar en su sitio intenté perforar aquel tapón de distintas maneras, incluyendo una reproducción a escala de una espada toledana (un souvenir que mi hermano se dejó en casa cuando se casó), pero no había manera. Estaba empezando a considerar la posibilidad de recurrir al taladro, cuando observé algo muy curioso: el agujero donde los tornillos encajaban aparecía como en crudo, basto, mientras que los demás tenían un reborde negro saliente, como metálico, perfectamente definido. Entonces una pequeña luz, como de una cerilla de aquellas de las gordas, se me encendió en el cerebro: cogí una llave Allen (o como se llamen), la apliqué a uno de aquellos huecos negros, y la hice girar como desatornillando y… ¡voilá!, he aquí que apareció un tornillo negro, casualmente, como aquel que me había regalado el de la ferretería. Me entró tal alivio que me desaparecieron de la piel una veintena de granos y hasta algunos lunares.

Una vez desentrañados el misterio de los tornillos y el de las ruedas, me dediqué animosamente a montar la silla entera, sobre mi cama, la monté entera salvo los brazos y el respaldo, la agarré del asiento para bajarla al suelo, y ¡voilá!, me quedé con el asiento en las manos mientras el resto de la silla caía al suelo. A cualquier otra persona aquello le habría parecido un grave defecto de diseño, puesto que las piezas que se habían soltado no iban sujetas de ninguna forma, sino que simplemente iban encajadas basándose en la idea de que dado el uso para el que la silla estaba pensada, se suponía que el conjunto se mantenía unido per sé, por su propio peso, más el peso de quien la usara.

Así pues, volví a colocar todo en su sitio, pero ahora directamente en el suelo. A continuación, con inestimable la ayuda de mi madre, aunque no sin dificultad, coloqué los brazos y los sujeté al asiento con sus tornillos, y luego, con algo más de dificultad tuve que buscar la posición exacta del respaldo para conseguir que todos los tornillos coincidieran con sus agujeros correspondientes, lo que logré ayudándome de una técnica aprendida de mi padre: usar un palillo de dientes como guía.

La conclusión es que la presencia de agujeros en el embalaje me condicionó para pesar que faltaría algún elemento. La forma y color de los tornillos insertados, que los hacían parecer agujeros, tampoco ayudaron, unido al hecho de que por alguna razón yo estaba convencido de que éstos debían de venir a medio insertar. Para terminar de complicarme la cosa, el empleado de la ferretería no me dijo claramente que los tornillos venían insertados; él le vendió ocho tornillos a un imbécil que en realidad no sólo no necesitaba ninguno (al menos para la silla de oficina), sino que encima le creyó generoso al "regalarle" aquel tornillo negro de punta cónica que tan bien encajaba en el agujero. Seguro que la historia le servirá para echarse unas risas durante generaciones.

En fin, si no servís para nada, procurad que al menos la gente pueda reírse con o de vosotros. Por cierto, la silla es negra; los tonos verdes son una jugarreta del flash.

miércoles, 2 de junio de 2021

La Revelación

 

Ninguna intención tenía, salvo la de salir como solía, para buscar flores e insectos brillantes y coloridos bajo la luz del sol, y quizá tomar alguna fotografía en la que recoger esa siempre imperfecta imagen de las cámaras en comparación con la realidad; un suficiente recordatorio de uno de esos momentos, de un sentimiento efímero que ningún soporte, analógico o no, es capaz de registrar con la suficiente fidelidad, y mucho menos con una satisfactoria plenitud.

Mi hambre de explorar me llevó más allá, mucho más allá de los habituales confines de mis paseos, y me vi de pronto desorientado, mirando a mi alrededor, en un entorno en el que apenas era capaz de reconocer el mismo camino por el que había llegado. Como el sendero, negligentemente asfaltado, se adentraba entre las hierbas y los jaramagos, palpé la cantimplora, resoplé con resignación, y me animé a continuar hacia adelante.

En un momento que no sabría precisar, caí en la cuenta de que el recorrido se volvía aparentemente circular; pero no, puesto que la pendiente se elevaba levemente a cada paso. No obstante no tenía uno la sensación de escalar la rampa de una torre, sino más bien de circundar un prado; agotada el agua, y borrada la memoria de la suma de mis pasos, no supe hacer otra cosa que encomendarme al diablo y tratar de completar la ruta.

Girando siempre a mi izquierda, en la curva más cerrada y empinada, tropecé de pronto con un viejo banco oxidado al que apenas le quedaba un poco de pintura marrón oscuro. Plantado en medio del camino parecía el final más conveniente para un trazado tan irracional.

Cansado, me senté. Noté que miraba hacia poniente, justo a la hora en la que el señor Sol levantaba su sombrero para decir su último adiós de la jornada a las nubes blandas, que empezaban a cambiar el esplendoroso vestido del día por el oscuro traje de noche.

Suspiré, y dejé la mente en blanco.

De pronto, haciendo memoria caí en la cuenta de que los recuerdos de nuestra vida anterior debían de sumar apenas un diez por ciento del total, entre ellos una porción de vivencias ni buenas ni malas, simplemente cotidianas; y éstos se les podría añadir una cantidad doble de recuerdos viciados, distorsionados por distintos motivos, y aún de entre ellos seguramente una parte no despreciable la constituían sueños y ensoñaciones que hubiéramos querido ver realizarse; es decir, la mayoría de nuestra vida cae en el olvido más absoluto, por más que dediquemos a veces horas o días en prestar atención a los muchos asuntos inanes que llenan improductivamente nuestro tiempo.

Miré entonces mis manos, y me pregunté cuál era su utilidad. Me descalcé, e hice lo propio con los pies. Desnudo, reflexioné sobre la del resto de mi cuerpo, y me dije: “olvido”.

Desperté como siempre, pero supe que ya nunca más me parecería importante ninguna actividad, ninguna persona, ningún lugar… “Olvido”, me dije, y desnudo salí a la calle, sin destino ni intención.

sábado, 10 de octubre de 2020

Locura (qué juventud)

El psiquiatra no me dijo que estoy loco. Para no insultarme a la cara, quizá. Pero oí cómo lo gritaba. ¿Por qué tienen que gritar tanto los psiquiatras?
La chica de la taquilla tampoco me dijo nada, pero me miró con cara rara, entre sorprendida y asustada. Lo sé, aunque apenas vi su cara, sólo veía la mía, que el espejo reflejaba.
Pero en el metro, en el metro sólo tuve la compañía de las cucarachas, que me miraban y se reían con disimulo. Tan inteligentes ellas, las cucarachas.
Al final lo supe cuando llegué a casa. Mis hermanos me esperaban, como siempre, con la ropa blanca, y me llevaron a dormir a la cuna, toda blanca y acolchada.

La locura no es mala. La locura es tu amiga.
Siempre se ha contado entre mis mayores temores el de perder el contacto con la realidad, bien sea por dejarme llevar por los efectos de cualquier sustancia, incluido el alcohol, o de forma literal. Supongo que esa es mi relación con el alcohol: un cierto efecto de vértigo, de pánico y de atracción a la vez, de acercarme cada vez más al borde y jugar a hacer equilibrios.
Creo que esto me viene de cuando era pequeño, y en la tele ponían esas películas surrealistas (o las que a mí, a esa edad de inocencia me lo parecían). En algunas algún personaje se volvía loco y lo daban a entender porque siempre acababa chillando. Nunca pude soportar esos gritos, ni los de aquellas personas a las que torturaban. Todavía recuerdo una película (las obras de teatro que ofrecían por televisión también me parecían películas) en la que dos o tres personas, para cegar a alguien le vertían en los ojos algo que a mí, en la vieja tele en blanco y negro, me parecía tinta china. Y no lo olvidaré porque podía imaginar sentir las sensaciones que le llegaban a esa persona, pero sobre todo porque no podía soportar oír cómo gritaba. Esperaba siempre con el corazón encogido que terminara cuanto antes la escena.

Desde entonces jamás he soportado los chillidos; tampoco los ruidos fuertes, especialmente si son agudos. Y me producen un pánico atroz las personas que, drogadas o idas, demuestran seguir unos hilos que nadie más hila.

domingo, 5 de julio de 2020

La oscuridad latente

Sabes que eres viejo cuando una situación anodina te hace rememorar alguno de tus peores momentos.

Salí el otro día para que le cambiaran la pila a un reloj. El establecimiento lo atendía un mujer más joven que yo, y tras el mostrador la acompañaban dos niños que me parecieron tener una edad parecida. No tuve que fijarme mucho en ellos, que no me quitaban ojo de encima, para darme cuenta de que parecían tener personalidades equiparables a las de mi hermano y la mía, cuando teníamos su edad: uno, más callado y tranquilo; el otro, inquieto, no perdía detalle de la más nimia operación que hacía su madre.

No sé cómo salió en la conversación, pero la mujer me indicó que eran gemelos, y que aunque parecían. No obstante, ya no se apartó de mí la memoria de mi propia época. Mi hermano y yo ya éramos adolescentes la última vez que peleamos físicamente. No recuerdo cómo empezó todo; imagino que, como siempre, a él le pareció divertido picarme dándome en el cuerpo un puñetazo que a él le parecía leve, pero que a mí me causaba un dolor irritante. Eso me hacía reaccionar y devolverle un golpe que, dada mi menor fuerza, solía procurar llevar mayor intensidad.

El caso es que en aquella ocasión, sin saber cómo, acabamos sobre la cama; sólo recuerdo que yo estaba encima de él, y que mis manos apretaban su cuello intentando estrangularle. Pero aquella vez era de verdad. De pronto fui consciente de todo el odio que había en mí. Aunque mis manos nunca tuvieron fuerza para estrangularle, no me escandalizó la posibilidad de hacerlo; ni siquiera mi intenso y sincero de hacerlo. Me escandalizó, simplemente, el verme capaz de sentir un odio (¿rabia, quizás?) tan profundo.

La verdad es que tampoco soy capaz de recordar si aquello terminó con mi desistimiento, o si él aprovechó su liberación para estrangularme y hacerme vez el dolor (¿miedo?) que aquello producía. Extrañamente en mí, si fue así (si no estoy confundido con otra ocasión), el dolor no me importó; y no tenía miedo. Sólo pesaba en mí la vileza de mis sentimientos.

Desde entonces, yo que nunca he peleado físicamente con alguien, no he vuelto a hacerlo. Ni siquiera cuando un revisor de la RENFE (o de Adif), creyéndome borracho o drogado, intentó hacerme caer al suelo. Obviamente, me resistí, pero ni traté de devolverle los empellones, y mucho menos de golpearle.

Sin embargo, sé que esa bestia oscura que hay en mí, sigue ahí, esperando a que mi voluntad decaiga y vuelva a tomar el control, aunque sólo sea por un instante. Supongo que ser bueno no consiste tanto en procurar ser un santo, sino más bien en procurar no ser una mala persona. Y al menos físicamente, creo que no he vuelto a serlo desde entonces.

viernes, 5 de junio de 2020

León Felipe

Cuando yo tenía unos doce años, mi hermano tuvo que hacer un trabajo para clase sobre la evolución. Por aquel entonces no sabíamos de la existencia de la biblioteca municipal, si es que por entonces ya existía, y nuestro único recurso era la biblioteca del colegio, que aun habiendo sido privado (reconvertido a concertado más o menos por entonces), contaba con un catálogo muy corto.

Las librerías habituales eran caras, y solían contar con literatura clásica, infantil o, en todo caso, técnica, pero sólo para los estudios más habituales por entonces: ingeniería de minas, automoción, química, y poco más.

Así pues, un día fuimos mi hermano y yo con mi padre a buscar un libro que le ayudara, a una librería abierta muy recientemente por un amigo suyo: Juan Antonio.

Nos acercamos a un sencillo portal sin escaparates, y entramos así por primera vez en la librería “León Felipe”. Sumido en la ignorancia no comprendí por qué el negocio, en el caso de llamarse como una persona, no tenía el nombre del dueño; tampoco sabía quién era aquel señor de rimbombante denominación, y no lo supe hasta que mi hermano mencionó algo así como que León Felipe era un poeta un poco… Los puntos suspensivos eran la expresión más común entre los oprimidos del franquismo para indicar que era un nombre prohibido, con lo que se daba a entender una idea de antifranquismo extremo, o represaliado de alguna forma severa.

El local era muy pequeño; creo que habría cabido de sobra, o casi, en lo que entonces era nuestro oscuro comedor. Sólo había cuatro estanterías pequeñas con algunos libros, ocupando las paredes, y una mesa-mostrador-expositor en la que se veían, si no recuerdo mal, algún cuento infantil, instrumentos escolares de escritura (lápices, borradores, sacapuntas), y algunos libritos de recortables “para niñas”, esto es, con muñecas dibujadas acompañadas de diversos vestidos igualmente impresos.

No recuerdo muy bien al dueño; sólo que no era muy alto, ni muy delgado ni muy grueso, y llevaba una gafas metálicas finas con cristales delgados. Lo que sí se me grabó en la memoria es que siempre llevaba la cabeza muy pelada, como al uno o al dos, y que hablaba como si tuviera prisa o intención de contarte cualquier otra cosa. Luego, ya en casa, supe que había sido perseguido duramente por el régimen, y que aún no se sentía muy a salvo.

Como si hubiera estado esperando nuestra visita, no tardó en sacarnos un librito de esos que se llaman de bolsillo, con la portada azul vivo y unas siluetas en rojo y negro de las tres o cuatro fases básicas por las que pasó el perfil de la figura humana.

Creo que ese fue mi primer contacto serio con la verdadera ciencia, fuera de los libros de texto. En cuanto a Juan Antonio, le visitamos algunas veces para llevarnos pequeños tesoros: un diccionario enciclopédico en dos tomos, literatura clásica (si no me confunde la memoria) como algunas obras de Buero Vallejo o mi querido “Platero y yo”, o mi alma “El Principito”…

Un día hallamos el local cerrado. De Juan Antonio no supimos mucho más, hasta que algunos meses después nos enteramos de que había muerto. Quizá un cáncer…

De la “León Felipe” volvimos a saber años más tarde, cuando abrió en otra ubicación, con otro aire, más parecido al León Felipe verdadero, aunque no sé yo si tan republicano...

sábado, 23 de mayo de 2020

No me toquéis la corbata

Me encantan las corbatas. De niño fue una experiencia entre la incomodidad de ajustar a mi cuello un extraño complemento y el subidón de verme revestido con aquella tela adornando mi torso, a semejanza de los hombres adultos. Aunque por entonces no necesitaba nudo, ya que la corbata consistía solamente en una lengua de tela (no recuerdo si doble o sencilla), unida a una banda de goma blanca, de sección redonda creo recordar, lo cual a mi parecer aumentaba la sensación de asfixia.

Después, en mi adolescencia, no hubo más corbatas salvo una austera cuya tela tenía un tacto desagradable, un tanto basto; naturalmente, siempre sólo en ocasiones especiales. Creo que había pasado ya la mayoría de edad cuando me llegó la primera “de adulto”: azul con un entramado de azules, blancos y matices levemente purpúreos. Si no recuerdo mal, fue para una boda.

Ah, pero aquella que me robó el corazón… Había ido con mis padres a una de sus tiendas de ropa habituales para comprar algo; pantalones o un chaquetón para mi padre, creo recordar. Mientras esperaba un tanto aburrido a que concluyeran la compra, en el muestrario de corbatas una me llamó la atención. Sobre un vivo tono morado, una Luna menguante en la que un pequeño monigote de formas sencillas, casi de viñeta de tebeo, vestido de rojo y luciendo una corona roja, barría con su escoba la superficie lunar, lanzando al firmamento pequeñas virutas brillantes que iban tomando posiciones en aquel fondo morado. Me pareció una encantadora alegoría del anochecer, y no sé si, contrariamente a mi costumbre, me atreví a pedirla, o si alguien observó mi vivo interés en ella (quizá un empleado) y me fue imposible disimular mi ansia por tenerla.

Desde entonces busqué siempre la corbata que mejor combinara con las otras prendas, y creo que lo hice bastante bien. E incluso pasados los años, me lancé a descifrar el nudo maldito y sólo me llevó poco más de un día, quizá dos, de pacientes pruebas alcanzar otro logro en un mundo, el de los nudos, que siempre me había resultado jeroglífico.

Actualmente no soy usuario habitual de corbatas. Ya se me pasó la época en la que tenía interés en lucirlas con una chaqueta o equivalente, pero sigo sintiendo la misma admiración casi artística por ellas. Es por eso que cuando se empezó a comentar, a raíz de esto del coronavirus, que se estaba pensando en prescindir de esa prenda, me sentí ofendido personalmente. De modo que escribo esto, no para dejarme llevar por un amor irracional hacia la prenda, sino para que, en caso de desterrarla de la vestimenta habitual, se incluyan en el mismo saco otros elementos y características de la indumentaria, así masculina como femenina.

Por tanto, si realmente se plantean eliminar las corbatas por lo del coronavirus, deberían prohibirse igualmente y por motivos similares, tirantes; sombreros, gorras y similares y, por extensión, todo tipo de tocados para el cabello (incluyendo las peinetas); pañuelos de tela (incluyendo los que adornan el bolsillo pectoral de la chaqueta); fulares; mantones; mantillas; collares; sortijas y anillos; pulseras, muñequeras y esclavas; medallas…

Esto es, todos aquellos elementos que, no siendo necesarios, suponen un instrumento para el cosechado de virus y otros elementos patógenos, y que no suelen lavarse con la asiduidad de la ropa común. Elementos como las bufandas, que se pueden utilizar de distintas maneras, supondrían también un riesgo, aunque mayor o menos según el uso que se hiciera de ellas. O las bragas, esa prenda que puede cubrir el cuello, la cara o incluso parte del cabello.

También podría alegar que se obligase a lavar todo este tipo de prendas tras cada uso, pero ¿no sería esa una manera estúpida de derrochar agua, precisamente en una época en que se nos viene advirtiendo que el agua potable va a ser cada vez más escasa?

Finalmente, la conclusión a la que llego es que tenemos que actuar con inteligencia, de cara a un futuro en el que según parece podríamos afrontar más pandemias incluso peores que ésta, amén de obrar con sensatez y prudencia en el uso de los recursos naturales. Y todo ello sin olvidar ejercer un ineludible control práctico sobre la acción de quienes administran los bienes públicos.

sábado, 9 de mayo de 2020

Del río al ataúd

En una época en que era tan niño que los únicos recuerdos que tengo provienen de escenas comentadas una y otra vez en familia, la mía, que por entonces sólo contaba con cuatro miembros, hizo dos excursiones a la no muy lejana sierra de Cazorla, junto a otros parientes. Sólo hay tres escenas clavadas en mi memoria por efecto de aquellas remembranzas tempranas.

En una mi hermano intenta llenar con la fresca agua del Guadalquivir recién nacido un jarrito azul o su equivalente de mi propiedad, verde. En otra el agua se descuelga cual fresco cortinaje, sobre la roca, desde una altura que con aquel tamaño mío se me antojaba colosal. En la tercera escena, que es prácticamente un recuerdo prestado por mi hermano, caminamos por una ladera muy empinada, cuesta abajo, descendiendo hacia el río.

He soñado muchas veces con aquella excursión. Generalmente rememoraba aquella caminata en plena naturaleza, bajando entre el miedo a caer y la ansiedad por alcanzar el fondo, aquella atrayente senda del agua sobre y entre piedras pacientemente alisadas por la constancia de la caricia húmeda. Otras veces, en años muy posteriores, he tenido extraños sueños en los que una calle de aire familiar se retorcía hacia el río como si fuera una escalera de caracol. La ansiedad entonces era ver el agua y no poder beberla ni bañarme en ella. Curioso deseo, teniendo en cuenta que no sé nadar.

El caso es que el azar ha querido que entre las imágenes que guardo para usarlas como fondo de pantalla esté ahora una que cumple todos mis sueños de infancia y mis deseos, en esta penosa adultez de obesidad y torpeza: una rústica escalera de madera desciende hacia lo que parece ser un río profundo (para disfrutar del frescor y degustar el agua preferiría un río o riachuelo con poco fondo y mucha piedra, pero no se puede tener todo) de aguas tranquilas y sugerentemente refrescantes.

En estas semanas de semirreclusión lo que quizá más eche de menos sea volver a sentarme sin ninguna otra cosa que tiempo, junto a una pequeña corriente de agua saltarina, danzando entre las mudas piedras con su descarada frescura.

domingo, 26 de abril de 2020

Las Amistades Perdidas


La pared, de un blanco impoluto, tan llena de irregularidades que no había un solo fragmento liso que fuera mayor que la uña del meñique, seguía conservando un poco de aquel olor de la cal húmeda con que la habían pintado, aunque hacía ya casi un mes de aquello.
La araña seguía su camino, aparentemente al azar, plagado de paradas igualmente inesperadas y siguiendo luego la ruta o cambiándola por otra por razones cuyo origen siempre ignoré.
Era tan pequeña que sin darme cuenta me acerqué hasta que mi pecho casi llegaron a tocarse su blancura y la del algodón sin mangas. Quería ver mejor sus patas.
Y entonces me detuve; una especie de escalofrío viajó por la parte posterior de mis piernas, hasta los talones. Tuve la sensación de que la araña me miraba, y en mi enormidad ciclópea, comparado con ella, temí que me considerase una presa potencial. Retrocedí despacio sin apartar los ojos apenas un metro, giré y entré en la vivienda para hacer algo innecesario que olvidé muy pronto. Me entretuve con dos o tres tareas breves, insignificantes, improvisadas como el camino de la araña.
Cuando volví a salir ya no estaba… en el mismo sitio. Me costó un largo medio minuto localizarla a unos dos metros pared arriba, cerca del rincón más cercano del techado de la terraza. La frustración rivalizó con la tranquilidad de verla lejos, hasta que ganó definitivamente la primera. “Otra amistad perdida”, pensé suspirando. Y volví a entrar en casa para ver si mi hermano o mi madre me ofrecían un hueco donde olvidar...

jueves, 1 de noviembre de 2018

Bares


Todo el mundo mitifica los bares –ya sean de tapas, cafeterías, de copas, o los más sencillos, multiusos, que todavía pueblan las zonas humildes–, o incluso los pubs. Los primeros, como centros de socialización familiar, lugares que ejercen la función de ágora, de plaza pública donde poner en común las vidas vulgares de la gente normal. Sitios en los que se mascan la política y el fútbol mezclados con tragos de aguada televisión o de series y programas donde actores sin formación ni vergüenza, pero bien pagados, juegan a ser ellos mismos para sorprendernos y escandalizarnos y hacernos sentir como ellos. Los bares han inspirado canciones, películas, series de televisión y personajes de todo tipo y condición.
Compartiendo sus orígenes con los anteriores, los bares de copas y pubs se nos suelen presentar también como espacios de una cierta mistificación en los que dos personas solitarias que generalmente chapotean en alcohol se miran a los ojos y, reconociendo en los del otro la soledad propia, se abrazan para no ahogarse y poder sobrevivir hasta que amanezca.
Mi periodo de náufrago fue corto pero pródigo en lecciones, y tengo una para vosotros que nadie conoce. Los bares, que tan bien huelen a diversión y la hora de cerrar, cuando aún resuenan los ecos de la música y el tumulto, a primera hora, cuando abren, están tan enfermos que casi huelen a vómito. Ya sea a primera hora de la mañana, cuando abren para que el obrero se saque del estómago el vértigo con un sorbo de café, o a primera hora de la tarde, cuando los aspirantes a borrachos se dejan caer como quien no quiere la cosa por los alrededores de su local favorito, los suelos vacíos lloran como un alma débil esperando a su cita; el aire semeja el aliento espeso del encamado febril; y las mesas vacías son huesos expuestos en una fractura abierta.
Cuando el primer cliente llega, sin embargo, todo empieza a sanar, aunque lentamente, de tal modo que si toma un café rápido y se va, el local se repone poco a poco, como el miserable apalizado al que recuperar la verticalidad le lleva varios dolorosos minutos de estratégicos cambios de postura. Pero si el cliente decide tomarse un tiempo entonces el local, niño caprichoso que se sale con la suya, deja de llorar y sonríe, y vuelve a jugar como si nada.

domingo, 15 de julio de 2018

Chicote ya no disimula


En 2007 tuve la ocasión de hacer un curso de cocina. Hasta entonces todo mi contacto con el medio se había limitado a, como mucho, cocer un algún huevo o freír unas salchichas con tomate frito de bote. No tardé en darme cuenta de que mi experiencia en un laboratorio químico durante mis estudios tenía muchos paralelismos con la forma en que cocinábamos en el curso, incluyendo el funcionamiento de las instalaciones.
Además, no hace mucho descubrí la moda del ASMR y ésta me trajo el recuerdo del agrado que me producía oír a otras personas comiendo, masticando, mascujeando incluso (esto es, masticando de manera sonora y grosera).
Cuando empezó la emisión de “Pesadilla en la Cocina”, el programa de Alberto Chicote, al principio me sentí atraído por los dramas con final feliz que escenificaban. Uno podía sentir simpatía, empatía o hasta antipatía, en diversos grados la primera y la última, hacia cada uno de los personajes que se le mostraban en cada episodio.
Después de dos temporadas el repetitivo formato, invariablemente idéntico en prácticamente todos los programas, ha llegado a ser cansino, pero aún me resulta fácil reírme de y enfadarme con las llamativas personalidades de esos propietarixs, cocinerxs y camarerxs que se exhiben. Me gusta ver las reformas que el programa hace en cada local (las cuales algunos propietarios aprovechan para hacer una limpieza a fondo, sin duda); no obstante, mi trance favorito del programa sigue siendo esos minutos que Chicote dedica a probar la comida del local haciendo sus teatrales críticas acompañadas ocasionalmente de ocurrentes metáforas que le dan un toque casi literario al texto hablado.
Ya en alguna ocasión oí al mismo Chicote comentar que algunos de los locales por los que el programa había pasado, terminaron cerrando. Últimamente, mientras veo el programa he consultado por Internet el estado actual del local correspondiente, y en esta última y breve temporada me ha sorprendido que varios de los locales estaban permanentemente cerrados, por lo que a los dueños de los diversos locales afectados no les sirvió de mucho la ayuda del programa, en ningún sentido.
Hubo un programa (no recuerdo cuál) en el que el resultado de mi búsqueda me informó de que el local, no sólo había cerrado, sino que se anunciaba su traspaso totalmente reformado (claro, con las reformas de “Pesadilla...”).
Sin embargo, el programa del pasado 11 de julio, último de esta temporada, rizó el rizo. El propio programa debía de saber que el local no tendría salvación, y se esmeraron tan poco en las reformas que, en un mapamundi que pintaron en una de las paredes, el cual incluía islas como Madagascar, Japón, las Canarias y otras islas pequeñas, se les olvidó incluir las islas británicas; ni siquiera las dos principales aparecían ¡Una de las naciones más importantes del mundo desde antiguo! Tela. Menudo despiste.
No sé yo si habrá una nueva temporada de “Pesadilla en la Cocina”, pero muy a mi pesar seguramente volveré a engancharme a causa de esos minutos en los que Chicote nos muestra algunas de las elaboraciones y las prueba, con su personalísimo estilo.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Mi Deísmo


Como andaluz nacido en una familia muy humilde y casi sin formación de una ciudad relativamente pequeña durante los últimos años de una dictadura ultracatólica, me tocó mamar una serie de creencias y principios obligatoriamente indiscutibles, incuestionables por tradición y por ley.
Algunos de los colegios de mi ciudad reflejaban bien esa tradición en sus meros nombres: “San Joaquín”, “La Sagrada Familia”... A este último fue al que, hasta donde yo sé, por una cierta casualidad, acabé asistiendo.
La primera vez que empecé a cuestionarme las presuntas verdades que los sacerdotes proclamaban fue después de hacer la Primera Comunión. Los mismos deseos físicos y actos privados que había venido llevando a cabo tiempo atrás, y que por respeto a la ceremonia eucarística decidí interrumpir durante la catequesis, volvieron a aparecer, incluso con más fuerza quizás, algunas semanas después de haber “incorporado a Jesús físicamente” a mi persona; y no tardé en retomarlos. El caso es que esa contradicción entre la castidad predicha por el catequista y su ausencia real, pese a todos mis esfuerzos y buenas intenciones, me llevaron a cuestionarme, a eso de los 9 años, si era verdad todo lo que nos contaban. Pero en mi ingenuidad no caló muy profundamente en mí esa primera duda.
Algo más tarde, tras la muerte de Franco, recuerdo que apareció en una de las tapias del colegio una pintada que reclamaba escuelas laicas. Aún después de conocer el significado de ese adjetivo seguí sin entender a qué se referían. En mi colegio los curas sólo enseñaban religión, y no era capaz de comprender que se cuestionase esa enseñanza, o quién debía impartirla.
Uno de esos curas, precisamente, junto al profesor más duro y cruel que he tenido jamás, me llevaron a cuestionarme, por segunda vez, y ahora sí, con mucho más calado, las prédicas que se lanzaban desde los púlpitos y hasta las palabras escritas en la Biblia.
De entrada, el profesor en cuestión, cuyo nombre recuerdo completo, nos obligaba a ir a misa todos los domingos y fiestas de guardar, e incluso al menos en una o dos ocasiones nos obligó a ir al despacho del sacerdote para confesarnos, obligación que contrastaba con la voluntariedad del acto.
Por su parte aquel sacerdote, cuyo nombre olvidé muy pronto, tenía por norma castigar a quien cometía alguna fechoría haciéndole ir el sábado al colegio. Sí: el sábado, por la mañana. En mi colegio había algunas habitaciones para estudiantes de F.P. (que también se impartía en la otra mitad del mismo centro) o profesores residentes, para que no tuvieran que desplazarse todos los días desde alguna población que, aunque cercana, no contaba por entonces con un enlace cómodo y fiable por carretera, de modo que no era difícil que estuviera abierto, o que alguien te pudiera abrir.
En una ocasión en que los culpables eran dos o tres solamente, a falta de autor confeso o declarado, nos castigó a todos. Aquel sábado, cuando me presenté al colegio, nada más cruzar el portón me topé con él, y me dijo que ya podía volverme a casa, que sabía que yo no tenía nada que ver. Si de entrada ya me había sentado mal el castigo, aquella mañana de sábado madrugando para nada me sentó peor aún. Bajo mi punto de vista, aquel sacerdote había sido injusto a sabiendas, y para mí era inconcebible que alguien que pregonaba la verdad, la justicia y el amor al prójimo como máximas intocables pudiese cometer tamaña injusticia. Aquello me llevó a ignorar a partir de entonces todas las predicaciones, y hasta a contemplar las oraciones religiosas como declamaciones de loa no risibles pero sí carentes de sentido.
Acabada la E.G.B. entré en F.P. en el mismo centro, y el sacerdote que nos impartió las clases de religión me pareció como la noche y el día en relación a aquel otro de los castigos. A pesar tener ya todo el pelo encanecido vestía con vaqueros y camisas, con jerseys modernos y sencillos en invierno, era todo vitalidad y siempre trataba de transmitir alegría o, cuando menos, esperanza. Organizaba misas en horas de clase a las que era libre la asistencia (y a las que algunos íbamos para, al darnos la paz, poder dar y recibir besos de algunas chicas). Siempre que sabía de un grupo de estudiantes que organizaban un partido de fútbol después de clase, se apuntaba a jugar él también. Sólo se ponía gris por un momento cuando algún alumno atrevido le preguntaba por un pequeño trozo que le faltaba, si no recuerdo mal, en un dedo índice de su mano. Nos dio religión los cinco años que duraba la formación profesional en aquel centro en esa época, ¡y hasta tuvimos un libro de religión en el que aparecían un chico y una chica, totalmente desnudos, sentados de espaldas uno junto al otro, y se incluía la sexualidad como tema!
Don Antonio, que así se llamaba ese sacerdote dicharachero, nos hizo ver a Jesús como un hombre lleno de amor por el prójimo a quien le tocó ser, por gracia divina, hijo de Dios, y portador de su nuevo mensaje de amor en sustitución al del Yavé vengador y justiciero del Antiguo Testamento.
Como quiera que sea, ver tanta diferencia entre un sacerdote-profesor y otro hizo que se volviera a encender en mí la fe, no tanto en un dios cambiante, sino en aquellos individuos que creen en la bondad de sus semejantes, y en último término me sugirió llegar a conocer por mí mismo la verdad acerca de lo que se narraba en la Biblia, en vez de conformarme con los breves párrafos que habíamos estudiado en clase. De modo que, una vez acabados los estudios emprendí la lectura paciente y detallada del ejemplar de la Biblia que teníamos en casa, la Nácar-Colunga de 1974, llena de comentarios aclaratorios en los que se explica la falta de literalidad de muchas de las afirmaciones del Antiguo Testamento, así como muchos otros aspectos similares del Nuevo.
Más tarde, entre finales del pasado siglo y principios de este, cayeron en mis manos otras versiones de la Biblia, así como diversos estudios sobre la misma, y pude comparar los cambios que la Iglesia había ido introduciendo, y su análisis, ayudado con la orientación de la crítica bíblica leída, me reveló cómo se trataba de dirigir la conducta de los creyentes, aunque de forma imperfecta, debido básicamente a que algunas de las anteriores versiones de los textos bíblicos que la propia Iglesia católica había aprobado habían calado entre la feligresía de forma imborrable. Esas otras “verdades” que la gente había aceptado y que la Iglesia trataba de eliminar para construir un relato narrativo nuevo acerca del legado de Jesucristo, se recopilaron en lo que la Iglesia llama “tradición”, para evitar decirle a los fieles que algunas de las cosas en que más fe tuvieron los católicos de la antigüedad eran falsas o, al menos, cuestionables. Por citar sólo un punto muy conocido, la Iglesia reconoce desde los años cincuenta del pasado siglo que María Magdalena (“magdalena” ni siquiera era nombre propio originalmente, sino, según parece, el gentilicio de los naturales de Magdala) ni era una prostituta, y mucho menos una arrepentida, sino una mujer de la que Jesús había expulsado siete demonios; sin embargo, el Vaticano calla cuando alguien, incluso medios de comunicación, caen en este inmenso e injusto error.
El caso es que durante los últimos años he podido desgajar las supuestas verdades bíblicas, cotejar diversas versiones de la misma, documentarme con evangelios apócrifos y deuterocanónicos, documentales varios y artículos, y hasta incluir algunos Upanishads y el Corán entre mis lecturas, así como varias versiones de este último, y todo ello me llevó a la conclusión de que había que despojar a las religiones monoteístas de todas sus capas de influencia política, social y cultural.
Como resultado llegué a la conclusión de que los diferentes conceptos de dios que el ser humano tiene son básicamente tres, cada uno de los cuales se puede representar muy esquemáticamente mediante una forma geométrica coloreada.
Así, un cuadrado azul vendría a representar al “dios de las religiones”. Éste normalmente es el más frío (de ahí el azul) y lejano, el más ajeno al individuo; el cuadrado simboliza que es muy “cuadriculado”, esto es, muy tajante filosóficamente, al estar fuertemente delimitado por dogmas y preceptos.
En segundo lugar, un triángulo naranja representaría al “dios del individuo”; al ser un concepto más místico que el anterior lo podemos representar con un triángulo, además de que éste lo tiene más idealizado; aunque suele tener como base el concepto de dios de alguna religión, normalmente va más allá de los límites impuestos por la ortodoxia porque en su definición intervienen los deseos, temores, esperanzas, necesidades, etc. del individuo; esta pasión que el individuo pone en concebirlo, que generalmente no llega a ningún extremismo ni fanatismo, es lo que le asigna el color naranja.
Del tercer concepto de dios hablaré al final, para continuar con mi exposición de forma ordenada.
Por otra parte, sabemos, en base a diversos hallazgos arqueológicos, que inicialmente se adoraba a deidades femeninas como creadoras y promotoras de la fertilidad de la tierra, así como de la propia de la mujer. No obstante, cuando el hombre fue consciente de su aportación a la concepción surgieron parejas mixtas de deidades; es así por ejemplo en la religión hebrea primitiva, la cual tal y como recoge la Biblia en diversas citas, era llamada Astoret (o su plural, Astaroth), que parece corresponder a la Astarté fenicia, o Ishtar para los asirios y babilonios. Existen restos de ese dualismo deísta en los textos del Pentateuco, en los cuales aparecen algunos nombres y expresiones en plural cuando debían de figurar en singular, los cuales se han transmitido a las diferentes versiones de la Biblia católica, al menos, hasta las ediciones de la misma del s. XX y anteriores. Finalmente el monoteísmo hizo desaparecer a las diosas, pero, no se sabe si por descuido, quedaron algunos restos, como los indicados del Pentateuco.
Hasta aquí los puntos filosóficos e históricos en que se basa mi conocimiento místico de los fundamentos religiosos.
Por otra parte tenemos la paradoja del gato de Schrödinger, que dice básicamente que un gato encerrado en una caja sin ventilación, junto a una botella de gas venenoso y una única partícula radioactiva capaz de romper la botella, estará al mismo tiempo vivo y muerto en tanto no se abra la caja y se compruebe, es decir, mientras no haya un observador externo que lo vea.
Según parece la física cuántica corrobora que, efectivamente, una partícula puede estar en todos los estados y posiciones posibles a la vez hasta que un observador la mira; dado que el universo se compone de partículas podemos llegar a la conclusión de que todas las partículas que lo forman están en todos los estados y posiciones a la vez.
La primera conclusión a la que todo esto me lleva es que el tiempo, dimensión que se define a partir de las modificaciones de los estados y posiciones de la materia, a raíz de lo expuesto no podría existir como tal dimensión, puesto que todos los instantes que lo forman coexisten a la vez.
Todo ello justificaría la creencia en un ser omnisciente, y por ende, todopoderoso (al menos, en relación a nuestro universo).
No obstante, dado que para nosotros en cada instante cada objeto y onda sólo ocupan un lugar y sólo están en una posición, podría inferirse que nosotros somos los observadores de aquel universo que nos rodea. Pero he aquí que también existe todo el universo que no podemos percibir con nuestros sentidos, y sabemos que existe porque captamos e incluso sufrimos las consecuencias de su existencia (por ejemplo, a través de la detección de ondas gamma), lo cual nos lleva a su vez a deducir que debe de haber un observador externo al universo, al cual probablemente ni le va ni le viene el devenir de nuestra historia. Es decir, que sólo la existencia de un ente al que podríamos llamar “dios”, “fuerza creadora” o como se desee, explicaría esa contradicción entre la teoría de Schrödinger y la constatación de lugares y fenómenos que no vemos pero cuyos efectos sí percibimos.
Por lo tanto, el gráfico de antes quedaría completado, ahora sí, con el tercer concepto de dios, aquel en el que creemos los deístas que no nos adscribimos a ninguna religión, simbolizado en una circunferencia negra.
Esa circunferencia, como decía, representa al que podríamos considerar “dios verdadero”; la figura geométrica elegida simboliza la perfección, infinitud y eternidad; ese dios que al individuo apenas le es posible intuir, tiene una influencia aparentemente nula, pero influye decisivamente en todos los individuos; a la vez, comprende las otras dos definiciones, por más alejadas que aquellas estén de ésta, y a la vez las otras dos no logran acercarse mucho a los límites de ésta, por más que en algunas características sí puedan coincidir.
En conclusión, a mi entender, desde mi ignorancia y en base a todo lo anteriormente expuesto queda probado que ha de existir al menos un ente capaz de percibir nuestro universo a todos los niveles, al tiempo que existe ajeno al mismo, y a quien, por tanto, parece poco probable que le interesen la infinidad de nuestros nimios actos. No obstante, esto no significa que sea radicalmente falso que ese ente exterior a este universo no se haya podido manifestar a personas concretas en momentos puntuales, como tampoco significa lo contrario, pero dudo que alguien tan ajeno a nuestro universo y, sobre todo, tan independiente de él, ordenase hacer matanzas u otras salvajadas, salvo que lo hiciera para poner a prueba, bien nuestra capacidad de obediencia, bien nuestro salvajismo.
En definitiva, mis reflexiones, unidas a mi, como decía, amplia ignorancia en diversos campos, me han conducido a una doble conclusión: por un lado, parece razonable que exista al menos un ser, ente o como se le desee definir, ajeno a este universo nuestro y no obstante capaz de tener un conocimiento completo del mismo, así como de todos sus momentos y sucesos, públicos o privados; y por otro lado, que la ciencia está poco a poco demostrando experimentalmente la posibilidad de la existencia de ese ser, existencia que ya ha demostrado teóricamente, por más que los propios científicos no lo quieran ver.
Sinelo

domingo, 13 de noviembre de 2016

Con la chorra fuera


Cuando era niño y adolescente oía contar cómo algún que otro anciano de entre los internados en el asilo que hay cerca de casa “se la sacaban” ante las monjas que le cuidaban. A mí por entonces aquello me parecía más que nada una travesura, una gamberrada si se quiere, propia de un viejo que ya va desbarrando, y como me hacía gracia me dio por empezar a decir, medio en serio medio en broma, que de mayor quería ser un viejo verde.
Los tiempos han cambiado tanto que el yo de ahora censuraría muchas opiniones de mi yo de entonces, ya pacifista y pacífico, antirracista y demócrata convencido, pero incomparablemente más machista que hoy día. Con el tiempo y la reflexión, tanto propia como ajena, he aprendido la agresión que implican determinadas actitudes y acciones aparentemente inofensivas, las cuales de hecho lo son en un entorno de igualdad y libertad efectivas, reales. De hecho, creo que eso es lo que impide que muchas personas lo entiendan: no tienen suficientemente en cuenta el contexto social en el que estamos viviendo, por más que esas personas crean que, e incluso por más que parezca que sí.
A raíz de esta noticia en medios de comunicación he oído y leído comentarios que me han hecho reflexionar:
Estamos, como decía, en tiempos de cambios, los cuales no han hecho más que empezar. Incluso personas que luchan abierta y obstinadamente en defensa de la verdadera igualdad desde los puestos que ocupan, no han comprendido su alcance y siguen defendiendo en la vida privada actitudes que, desde un punto de vista filosófico, en el mundo actual, con tantas personas desprotegidas y vulnerables, y tantas otras tan carentes de escrúpulos como para agredirlas, implican un menoscabo de la protección efectiva de aquellas.
Entre esas personas hay mujeres y hombres bien conocidos, personajes públicos, que no voy a señalar porque no pretendo entrar en polémicas ni ser dedo acusador, por más que hacerlo le pudiera dar más difusión a este blog, y más fama a mi cuenta de Twitter.
Los fumadores, que hace apenas dos décadas eran la imagen del poder, la seducción, la confianza en uno mismo, el triunfo, hoy día han terminado siendo casi proscritos, apestados. Se están produciendo una serie de cambios que tenemos la obligación y la necesidad de saber leer, de entender, asumir, asimilar, si no queremos acabar tan socialmente rechazados como aquellos.
Sinelo

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Humanidad Inmadura



Como técnico químico, según reza en mi viejo título de la antigua formación profesional de segundo grado, me maravilla la manera en que las partículas subatómicas interactúan para formar sustancias diferentes. De una forma similar, no deja de sorprenderme cada nueva revelación acerca de cómo una serie de sustancias inertes interactuaron para dar lugar a un individuo que adquirió la capacidad de hacer duplicados de sí mismo, para, con el tiempo, hacerse cada vez más complejo y transformarse en un ser que se nutría (alimentación y respiración) de las sustancias químicas de su entorno. Una vez transcurridos cientos de millones de años, la variedad de formas de vida que pueblan o han poblado este planeta es fascinante e inimaginable, pero esto último no en tan colosal grado como la cantidad de individuos que aquellas antiguas sustancias inertes han llegado a generar.
La interrelación de unos individuos con otros y con su entorno, eso denominado hábitat, es también diverso y cambiante, y la red de hábitats que se ha creado en la Tierra es de tal extensión y complejidad que se relacionan entre sí algunos de ellos, y su vez todo el conjunto, hábitats, especies e individuos, se relacionan con el planeta como si éste fuese otro ser vivo más que permitiera desarrollarse vida ajena en su seno. Es más, mientras que el centro del planeta sigue siendo una gran bola de rocas incandescentes, la corteza se ha convertido en una suerte de macroecosistema que interactúa con todos los seres vivos, influyendo sobre ellos pero también sufriendo cambios a causa de ellos, especialmente en sus capas más sensibles, como son la atmósfera y la hidrosfera.
Las tribus que consideramos primitivas, tanto aquellas que sobrevivían en América como en el África más inexplorada y en Oceanía antes del mal llamado Descubrimiento, solían considerarse parte de la naturaleza, lo cual es completamente cierto a todos los efectos, por más moderna y tecnológica que sea la transformación que hemos perpetrado en nuestro entorno. Ese punto de vista les llevaba a sentir tal respeto por los elementos naturales, esto es, agua, plantas, animales, e incluso la propia tierra, por no hablar de los astros, que algunos de ellos cuando cazaban daban las gracias o pedían perdón al animal cazado. Pero la consecuencia más trascendental de todo esto era que cada miembro de la tribu, cada individuo, aun viviendo al día, viviendo el presente, concebía que la solución a cada problema debía ser generosa, para satisfacer a todos los miembros de la tribu, y prudente, para no agravar el problema en el futuro ni crear problemas nuevos.
A partir de los siglos de la mecanización y la industrialización, esto es, del siglo XVII en adelante, con mayor énfasis a partir del XIX, y de manera más extrema y acelerada, del siglo XX, la capacidad del ser humano de influir en los hábitats en los que interviene, de modificarlos y, consciente o inconscientemente, de destruirlos, ha puesto sobre la mesa la necesidad de implementar medidas que permitan compaginar el, al parecer, imparable crecimiento de la población humana, y la gestión, esto es, explotación y distribución, de los recursos naturales.
La naturaleza, que cuenta con lo que podríamos llamar “mecanismos de control de plagas”, conforme la población ha ido en aumento ha puesto en marcha esos mecanismos para contener la proliferación de seres humanos, una especie con una capacidad creciente e incontrolable para modificar su entorno.
Como consecuencia de la complejidad de nuestras sociedades, la cual se debe sobre todo a la acumulación de personas en un mismo asentamiento, los individuos fueron delegando decisiones y, por tanto, una parte de sus responsabilidades respecto al cuidado de la tierra, en unos pocos dirigentes que accedían al puesto por los más diversos medios y con los más variados objetivos. Esa pérdida de contacto con las decisiones relativas al medio ambiente nos ha ido generando una creciente dependencia respecto de aquellas otras personas a las que pedimos que decidan por nosotros, nos ha ido, en cierto modo, infantilizando.
La confluencia de uno de aquellos mecanismos antiplagas y de esa infantilización del individuo, junto al rechazo a realidades duras, como la explotación masiva de ciertas especies animales, e inhumanas, como las guerras o la avaricia y egoísmo de muchas personas, pudo dar lugar a un amor exacerbado por los animales domésticos, que pronto se extendió al resto de animales. Ello dio origen a una nueva forma de vegetarianismo; ésta es una corriente que ha existido en diversas épocas y lugares, pero nunca con tan agresiva vehemencia, y que obvia que las plantas también son seres vivos y pueden sufrir el estrés causado por la explotación masiva aunque no lo muestren de forma tan obvia como los animales. Además el consumo exclusivo de vegetales se ha diversificado, generando sus diversas variantes. Finalmente, toda esta defensa de las demás especies animales ha dado lugar incluso a una defensa de los mismos cuya expresión más radical es el antiespecismo.
«El especismo», término nacido en 1970, «es la discriminación contra quienes no están clasificados como pertenecientes a una o más especies determinadas» (Wikipedia).
Así pues, los antiespecistas defienden la libertad y derechos plenos para todas las especies animales, lo cual choca frontalmente con las necesidades alimentarias y medicinales de la creciente población humana. ¿O están sugiriendo acaso que la población humana vuelva a reducirse, digamos, hasta los dos mil millones de habitantes? Porque en ese caso también habrían de explicar qué método se elegiría para exterminar a países enteros, así como de qué manera se elegiría a qué individuos exterminar. Pero incluso en el caso de que eso pudiera llevarse a cabo no cuentan con las catastróficas consecuencias de semejante acción: los puestos de trabajo sin cubrir, lo cual dejaría desatendidas grandes instalaciones industriales, agrícolas, ganaderas y mineras; las plagas derivadas de la acumulación de cadáveres humanos en descomposición; el incontrolado aumento de determinadas especies carroñeras, a las que se unirían jaurías de perros asilvestrados, que en poco tiempo recuperarían los instintos de sus antepasados lobos, unidos a sus conocimientos sobre nuestras costumbres y debilidades...
A mi entender se trata de un planteamiento, por tanto, que por una parte resulta infantil, al no explicar cómo se afrontarían entonces nuestras necesidades alimentarias, así como de productos medicinales (podríamos prescindir en todo caso de los cosméticos); y lo que es más, demuestran aún más infantilismo al no pensar en las consecuencias de liberar a los miles (quizá millones) de ejemplares que están encerrados en granjas, laboratorios, zoológicos, acuarios, etc., muchos de los cuales serían ya incapaces de vivir en libertad, con lo que algunas de esas especies llegarían sin duda a extinguirse. Por otra parte, tampoco nos explican qué solución se habría de aplicar a las plagas de roedores, aves o insectos que destrozan los cultivos e invaden incluso algunos hogares; o cómo afrontar la modificación de los ecosistemas autóctonos a causa de las llamadas “especies invasoras”.
Es cierto que el ser humano tiene la obligación de volver a aprender lo que significa la convivencia con la naturaleza; es cierto que, a causa de la dependencia que tenemos de ella, al formar parte de la misma, hemos de pensar métodos que nos permitan crear comunidades en las que la vida nos resulte cada vez más fácil, y que esos beneficios alcancen al conjunto de la población humana. Incluso a los animales de compañía, si se quiere. Pero no podemos perder de vista en ningún momento que el hambre de un individuo digno de formar parte de una comunidad humana, y he aquí un matiz importante sobre el que invito a reflexionar, es más importante que el bienestar de un animal de otra especie, siempre y cuando ambas cuestiones sean incompatibles y haya, por tanto, que optar por una de ellas.
Éstas y otras reflexiones son las que pretendo suscitar en mi libro “El Dilema de la Edad”, cuyo título, por engañoso, es un homenaje a la boa que se ha tragado un elefante, el dibujo número 1 que trazó el Principito. Es descargable gratuitamente desde varias direcciones:
Project Gutenberg: https://t.co/jnaxQDh1L3
World Library: https://t.co/8cap8MgH6a
School Library: https://t.co/n5EDMyxiKe
Mientras todos y cada uno de los individuos no recuperemos la capacidad de analizar los problemas de manera global y duradera, esto es, buscando soluciones que satisfagan a todos en la medida de lo posible y que no sean la causa, antes o después, de otros problemas, mientras sigamos dependiendo de las decisiones de unos pocos individuos para gestionar los recursos, tanto los naturales como los que se deben a la acción del ser humano, como la salud, el empleo, la formación, o la distribución de los suministros (alimentos, energía, etc.) seguiremos devastando y envenenando el planeta y, por ende, a nosotros mismos, hasta nuestra destrucción final.
Juan “Sinelo”

viernes, 16 de septiembre de 2016

En Tienda Me


Esta mañana he recordado por qué no sirvo para comercial: mi dignidad y la de mis clientes está por encima de cualquier beneficio económico.
No quiero decir con eso que el trabajo de comercial no sea digno; toda actividad, hasta la de sacerdote, como sabemos, puede ejercerse con dignidad o sin ella, pero hemos de reconocer que hay profesiones en las que resulta más fácil dejarse llevar por la presión para socavar la dignidad del otro o incluso la propia: comercial, abogado, periodista, policía...
Sólo en una ocasión he ocupado un puesto de trabajo con un perfil meramente comercial; sólo duré dos meses y medio, y todo ese tiempo lo pasé fatal, pero sobre todo cuando le encasqueté un compromiso contractual de cincuenta euros mensuales a un inmigrante sin empleo. Tuve remordimientos durante varios días.
Toda esta reflexión viene a cuento de que esta mañana he intentado deshacerme por fin de mi “tontofon” de mierda, cuyo timbre no se oye salvo que esté libre de obstáculos sonoros y físicos, cuya vibración no se nota salvo que tengas la piel tan sensible como un sismógrafo, y que ni siquiera te permite mover archivos entre carpetas, y adquirir un smartphone, conservando mi número de móvil con tarifa de prepago. Sé que se puede hacer; al menos mi compañía lo hace, según me dijeron hace pocos meses. Llevaba dinero de sobra, como siempre que me propongo adquirir algo. Y cuando no me llega, simplemente lo digo enseguida, no trato de enredar a la persona que me atiende, ni le regateo cantidades o plazos; simplemente desisto y me voy, porque entiendo que su oferta forma parte de su trabajo, y porque por mi parte no tengo porqué complicárselo.
El caso es que tras consultar en mi propia compañía, Vomistar, en mi tienda habitual, dicho sea de paso, y en otra de Rovafone, me han dejado bien claro que la estrategia comercial de ambos establecimientos (me consta que su oferta comercial es independiente hasta cierto punto de aquella de la compañía telefónica a la que están adscritas) se basa en dar atención a clientes “fiables”, esto es, con un gasto mensual asegurado y significativo. Gracioso teniendo en cuenta que llevo desde el año 1997 en la misma compañía y que nunca les he dado problemas; es más, cuando mi situación me lo ha permitido me he llegado a gastar más de cien euros en un mes a base de recargas.
La cuestión es que mi evidente pobreza me condena a pasar por el aro de tragar con las ofertas abusivas que quieran hacerme, o bien a quedarme indefinidamente con este arcaico terminal (que sí, que tiene pantalla táctil, pero no deja de ser un “tontofon”). De modo que me he vuelto a casa, con mi dinero y con mi bonito terminal, al que juraría que se le ha escapado un suspiro, aguardando al día en que, o yo cambie, o la sociedad cambie. Ya veremos quién gana.

miércoles, 27 de julio de 2016

Lobos Amaestrados


Soy plenamente consciente de que a ojos de los lectores la actuación de terroristas en Normandía y Alemania parece contradecir la tesis que sostengo en mi artículo “Lobos solitarios orquestados” según las cuales los ataques se producen casi exclusivamente en viernes, y por tanto desacreditar mi opinión sobre las verdaderas motivaciones que hay tras esos ataques.
Ahora sabemos casi con toda seguridad que el atentado en Niza no fue hecho por un islamista. Otro tanto ocurre con el de Munich, cuyo objetivo de imbuir terror en la población fracasó tan estrepitosamente que de forma espontánea la gente puso velas en memoria del asesino y de las víctimas. Aquel desequilibrado individuo tuvo un comportamiento tan errático que cuando se suicidó parece que aún le quedaban unas trescientas balas en la mochila, lo que no concuerda con un sanguinario criminal que pretende causar el mayor número posible de víctimas. Este fracaso forzó la inmediata actuación de otros criminales en ese mismo fin de semana, de modo que el domingo dos chicos rápidamente radicalizados atacaron con meros cuchillos en una iglesia de Normandía. Tampoco esta acción tuvo las consecuencias esperadas, ya que el eco que tuvo la noticia en los medios quedó muy difuminado entre los programas del domingo y los espacios previstos para los días laborables, durante los que suele haber pocos debates de tertulianos, especialmente en televisión. Ni siquiera las redes sociales funcionaron como agitadoras del oleaje informativo. El mismo domingo otro individuo radicalizado, y también desequilibrado, se inmolaba con una bomba en otra iglesia (¿otra coincidencia?, vaya) causando quince heridos que no deben de revestir mucha gravedad, porque ni siquiera se menciona este dato; dado que el único muerto fue él tampoco se ha dado mucha divulgación a la noticia, sobre todo en redes sociales.
Dos pequeñas actuaciones el domingo siguiente al viernes del fracaso. Dos pequeños «solistas improvisados» que mantienen el eco del terrorismo islamista de fin de semana en suelo europeo.
Aun un tercer desequilibrado actuó en Japón causando una matanza en un centro para discapacitados. Con un cuchillo asesinó a diecinueve personas abogando por el exterminio de quienes no pueden valerse por sí mismos. Nada que ver con el islamismo, ni con el terrorismo siquiera. Desde el punto de vista sociológico parece fácil relacionarle con problemas psicológicos unidos al estrés de sobrepoblación que padece Japón.
Volviendo pues a las acciones que tienen carácter terrorista y que podrían tacharse de islamistas, como veis se mantiene la cadencia que indicaba en mi artículo de Alcantarilla Social: un goteo de terror viernes a viernes, para asegurarse un eco en los medios, vacíos de contenido en el fin de semana, y si el plan fracasa, suscitar la actuación casi improvisada de otros que mantengan el eco del RE-quiem por un terrorista, víctima de... _________________________________________ (cada cual ponga los nombres o siglas que desee); y por sus víctimas, por si alguien lo dudaba.
No os dejéis engañar por el humo de los medios, ni por el fuego del petardazo: fijaos en dónde está la mano que lanzó el cohete pirotécnico. Buscad la verdad detrás de las palabras, detrás de las noticias y, sobre todo, detrás de las intenciones.

domingo, 24 de julio de 2016

Mi Historia


Llevaba horas caminando. Había estado toda la tarde caminando. Mis zapatos parecían una sucia prolongación de la suciedad de mis pies; parecían haber nacido y crecido a partir de ellos. Mi cabello era una maraña de arañas que correteaban sin cesar sobre mi cráneo desnudo; casi me habían ya irritado la piel. Mi ropa, o lo que quedaba de ella, eran como jirones de mi piel ennegrecidos por el tiempo. Y una jodida nube gris se había empeñado en acompañarme todo el camino. Era gorda como la señora del quinto, esa que siempre me acompaña hasta el décimo, con tal de no quedarse con la última parte del cotilleo en la garganta. Era húmeda, muy húmeda la nube, aunque la muy jodida no se decidía a llover, y me dolían todos los huesos y parecían cañas prestadas para darme algún relleno que sostuviera mi cuerpo.
Me paré un momento, miré al cielo, y suspiré, lanzando con mi aliento casi todas las pocas fuerzas que me quedaban.
  • Me gustaría que lloviera. – Tras un par de pasos, me detuve de nuevo y miré otra vez al cielo–. Pero no llueve, la jodida.
No sé de dónde rayos salió ella. Era pequeña y delgada, y se movía como un tornado, revolviéndolo todo hasta dejarlo a su gusto. A su paso, algunas cosas desaparecían en sus bolsillos. Pero se movía tan deprisa que apenas la vi; más bien la presentía, la intuía, o la deducía en función del caos que provocaba. En un momento me agarró de la mano y al momento siguiente me soltó la otra frente a una verja metálica.
Era un paraje que nunca había visto. Me asomé por los barrotes de la puerta, y entré. Estaba abierta. Justo delante de mí había un huerto diminuto. No parecía haber el menor orden en los cultivos; había de todo, y todo estaba anárquicamente distribuido. La tierra negra, sin embargo, había sido arada en surcos rojos, con un amor inmenso, por unos dedos maravillosos de tacto aterciopelado. Y justo a mis pies había una regadera recién llena con agua fresca de manantial. La tomé y la volqué con cuidado sobre la tierra, y ésta gozó la lluvia y la bebió ávidamente.
Abrí entonces los ojos y me sentí empapado. Era a mí a quien ella regaba. Me sonrió; le sonreí, y vi sus ojos y su carita redonda detrás de la ventana. Sentí sus labios, el vacío, sus labios de nuevo sobre los míos. Y sus ojos, sin dejar de mirarme. Pero yo miré, y ella seguía allí, detrás de la ventana. Entonces salió. Se acercó caminando como un fantasma; a veces el lado izquierdo flotaba más que el derecho, a veces flotaba más el derecho.
Al llegar a mí sonrió de nuevo, y mi boca le sirvió de espejo. Su mano incorpórea me rozó el pecho y se guardó mi rojo palpitante, con mucho cuidado, poniéndolo a funcionar junto al suyo. Su mirada en mis ojos rozó mi nuca, y mi alma se fue con ella, como si me la hubiera robado del aliento que respiraba en un beso inesperado.
Dio media vuelta y comenzó a caminar. Y yo, que ya no tenía voluntad, ni quería tenerla, la seguí bailando su caminar; bailando yo también, su caminar.
Una mariposa blanca se cruzó en su camino y se detuvo a mirarla, y a reír. La oí reír como a una niña. La oí reír llena de amor y felicidad, y yo reí con ella; y lloré de amor y de risa. Y rió el cielo; y el padre Sol rió acariciándole la mejilla perfumada. Y hasta los ángeles rieron contagiados; pero se fueron pronto, henchidos de envidia hacia su inocencia picardeada.
Al llegar a la puerta se puso seria. Y de nuevo vi su rostro tras el cristal de la ventana. No sé... no sé qué dije; no sé qué no dije... ni sé qué hice, ni qué no hice...
Miré a mi alrededor. Un pequeño cuadradito verde era donde estaban mis pies; limpios adorables y blancos en su desnudez. La hierba que pisaba se agitaba como su flequillo con el viento. El calor de la tierra era el de su mano. Rebosante de florecillas blancas y amarillas el jardín parecía sonreírme; como ella. Un banco de cálida madera basta me recordaba sus formas. Me eché en él y sentí su cuerpo abrazarme.
Contemplé tumbado en la hierba las nubes blancas jugando con el arco iris, que tan pronto era sonrisa como ave, o perro, o pompa de jabón. Tan bien jugaba él a imitarlas. Y se asomó la luna, llamándome a casa. Yo miré la verja, miré la ventana, y mi corazón se expandió hasta fundirse con todo lo que me rodeaba y no ser nada.
  • Vete, Noche; vete, Luna, y Alborada. Id a casa que aquí es donde vivo yo ahora, aunque no me hable, aunque ni me mire callada.
Miré otra vez, hacia la ventana, y vi su carita redonda, sonrojarse, quizá enamorada. «¡Ojalá!» – suspiré en silencio – «ojalá algún día salga, y me tome de la mano para llevarme dentro, o para llevarme, a donde haga falta».
A veces veo por la verja la gente que pasa. Y me miran y me llaman «el loco de la casa fantasma». Pero no oigo nada, sino el amor que palpita en sus ojos a mi espalda. Aunque cuando me vuelvo a mirarla es ella quien proyecta una nube de agua sobre mi ardiente deseo de ararla y regarla con mil versos nuevos... ¡Shhh!, guardad silencio, que duerme ahora, arropada en la casa...

lunes, 27 de junio de 2016

Abstencionistas Criminales


Votar no es como asesinar a alguien. Esto último supone no sólo la mayor agresión que se puede cometer contra la vida de un individuo, sino contra todas las personas que le aman, quieren o aprecian, y contra todas las personas que podrían beneficiarse de alguna acción futura, principalmente, la de tener descendencia. Incluso si el crimen no se comete en persona, sino por delegación, el acto implica una profunda bajeza ética, o moral para quienes opten por introducir el factor religioso en la ecuación.
Votar, en cambio, es un acto positivo. Imaginad que una persona contrata a un equipo de cinco personal shoppers para que le hagan una compra determinada; a tres de esas personas las elige por tener gustos similares a los suyos, y a las otras dos, simplemente, por tener buen gusto. Si de los tres primeros, a la excursión de compras sólo se presenta uno, hay bastantes probabilidades de que la compra, aun siendo de buen gusto, no coincida con los gustos personales de su cliente. Y la culpa no será de quienes cumplieron con su obligación de hacer una elección, sino de quienes eludieron esa responsabilidad.
La conclusión es obvia: cualquiera que sea el gobierno que salga de estas últimas elecciones, la responsabilidad recaerá, no en quienes ejercieron su derecho al voto, cumpliendo así con su obligación democrática de participar en la elección de sus representantes políticos, sino en quienes decidieron eludir esa responsabilidad.
Lo mismo ha ocurrido con el referéndum sobre el Brexit. La gente culpa a los mayores de 65 años, señalándoles por haber sido mayoritario su voto, olvidando que hubo una gran bolsa de abstención entre los jóvenes que, según las estadísticas, habrían optado por la permanencia en la Unión Europea. No obstante soy de la opinión de que, si la UE sobrevive al TTIP a pesar del debilitamiento que supone la nueva posición de Gran Bretaña, saldrá reforzada y más cohesionada.
Se puede no estar de acuerdo con el sistema electoral, con la ley electoral, o incluso con la forma de gobierno o de estado, pero en una democracia, admitámoslo, la única manera lícita de introducir cambios consiste en participar en la vida política del país, si no activamente, sí al menos votando conforme a la conciencia de cada uno. Cualquier otra cosa lleva a la indolencia o a la revolución. No hay otro camino.




La ley electoral, siendo muy injusta, no tiene toda la culpa del actual reparto de escaños (fuente: ElDiario.es)
De modo que, recuerda, votar no es como asesinar a alguien, pero no votar sí que es asesinar, no ya a la democracia, sino a cualquier esperanza de cambio legítimo.
Sinelo